jueves, 14 de enero de 2016

CAPÍTULO 1

Mia 

Cuando me quise dar cuenta, el despertador, había empezado a sonar con su martilleante sonido. Me dormí cerca de las cuatro, estaba con los nervios a flor de piel, hoy empezaba mi nueva vida, empezaba la vida de universitaria en Madrid. Para mis padres, costear esa universidad era fácil, eran los jefes de departamento de la editorial Planeta. Y aunque nuestra casa estuviese en pleno centro de Madrid, exactamente, en Plaza Callao, para mí, me suponía uun agobio. Madrid no estaba hecha para mi ni yo para ella. Eramos incompatibles. Era una relación amor-odio que empezó desde que tenía uso de razón.  Me levanté de cama bostezando. No estaba acostumbrada a acostarme tarde para levantarme temprano. Revisé el móvil por si tenía algúna WhatsAps, y al ver, que no eran importantes, decidí dejarlos sin contestar. Lo volví a dejar cargando. Aunque yo no era de las que utilizaban el móvil en clase, me lo llevaba siempre a donde tenía que ir, por si surgía algún problema para avisar a mis padres. Aquel día sólo tendría las presentaciones de las primeras asignaturas del primer cuatrimestre del primer año. Salí de mi habitación y me encontré con mi padre, quién estaba a punto de marcharse al despacho en plena Avenida de la Castellana. No sé por qué no podía tener estrés, yo, nada más verlos, comenzaba el día con mucho, mucho estrés. Aparecí por el salón, donde mi padre, no paraba de refunfuñar mientras veia qué corbata le iría mejor.

- Hola, papá -
- Buenos días, Mia. ¿Cómo me queda la corbata? ¿Cual te gusta más? ¿Roja o Azul?
- ¿Reunión?
- Sí...
- Entonces, mejor la Roja...

Era nuestro código de conversación. Él, y su mente, porque aquel día estaba más dispersa que una mosca, marcamos que para las reuniones, cogería la corbata roja, mientras que para una entrega a un cliente, sería la azul. Él, y sus normas, él y sus códigos. Me sonrió y se colocó, como pudo, la corbata, sin mucho éxito, ya que mi madre, al verlo, inmediatamente fue hasta mi padre, y siempre, le daba el último retoque a la apariencia de mi padre. ¡Hombres! Entré en la cocina justo cuando mi padre cerraba la puerta de casa y me dejaba a solas con mi madre. Ella tendría trabajo por la tarde. 

- ¿Nerviosa? -me preguntó nada más sentarme, ella, lo hizo en la otra silla
- Sí -respondí -Aunque supongo que conforme pasen los días, se me pasará.
- Esos son los nervios del primer día, después, todo lo demás, viene solo.

Suspiré. Si esa frase fuese verdad, todos seríamos un poquito más felices, nos enamoraríamos y dejaríamos que el tiempo avanzase, porque todo lo demás, viene solo, como me dice mi madre. Me preparé un vaso de leche con Cola-Cao, empezaba la universidad, pero nunca, dejaría mi devoción al Cola-Cao, lo prefería antes que el café. Y como sucedía cada mañana mi madre empezaba a quejarse de la poca alimentación que llevaba en el desayuno.

- ¡Tienes que alimentarte mejor! Te espera una jornada dura e intensa para que solo puedas tomarte un vaso de leche
- ¡Ayyy mamá! Después en la cafetería me tomaré algo, no te preocupes por eso. Además, con los nervios que llevo encima solo me entra esto...
- Pues a ver si tengo que intervenir yo... Me voy a arreglar, he quedado con tu tía Ana para ver el regalo de Andrea -
- ¿Cuándo es el cumpleaños de la tita Andrea?
- Dentro de una semana....
- ¡Qué prisas!
- Prisas ninguna. Así le vemos un regalo antes de que se junte con el cumpleaños de tu primo, y tus tíos de Francia, que por cierto, para la semana que viene, se quedan a dormir, así que, el cuarto lo quiero ver como los chorros del oro...
- ¡Sí Mamá!... ¿Y qué le vais a ver a la tita?
- No sé, tenemos pensado ir a Primark, y después, ya veremos...

Bebí lo que me quedaba de Cola-Cao y lo dejé en el fregadero. Me quedé parada, absorta en las manecillas del reloj que había colgado en la pared. Las siete y cuarto. Todavía me quedaba una hora y quince minutos para entrar a la universidad. Volví a mi habitación y abrí la ventana para ventirarla. Y mientras escuchaba lo nuevo de Auryn, Electric, comencé a ordenar la habitación para ver qué me ponía ese día. Necesitaba marcar estilo, la vida del instituto quedaba atrás, ahora, por delante, necesitaba marcar algo que no fuese hortera, necesitaba estar a la última, dejar de ser una estirada. No quería volverme a quedar atrás.

- Baja un poco el volumen, que se oye desde la cocina -me dice mi madre, quejándose, por el nivel de la música. Es un sacrilegio bajar el volumen de una canción, con cualquiera, la música es lo único bueno que había creado el ser humano.

Me desprendí del pantalón del pijama y sentí el frío en mis finas y bronceadas piernas. La piel se me puso en piel de gallina, y mis dientes, castañetearon del frío. Rápidamente, me enfundí en los vaqueros que había dejado la noche anterior en la silla y me abroché el botón para intentar que el frío desapareciera lo más rápido posible. Volví sobre mis pasos y abrí el armario donde tenía todos mis zapatos. ¿Qué pegaba mejor? Cogí las botas Panamás de color marrón que siempre me habían gustado. Me las habían regalado mis padres por mi decimoctavo cumpleaños. En ese momento caí, en Diciembre, cumpliría diecinueve y aún no le había dicho nada a mis padres de lo que quería, sinceramente, me despreocupaba, la verdad. Como decía Albert Espinosa, la vida no está para sumar años, sino para sumar experiencias. Me calcé las botas, ya solo me faltaba la parte de arriba y ya estaría lista. Pasaba de maquillarme, a no ser, que fuese de noche y hubiese quedado con mis amigas, lo cual, sucedía más bien poco. Abrí el armario y descubrí una blusa blanca que había heredado de mi madre. Me quité la camiseta del pijama, y volví a sentir el frío en mi vientre. La piel se volvió a convertir en piel de gallina. Rápidamente me puse en su sitio el sujetador y después la blusa para tratar de entrar en calor. Una chaqueta para después no vendría nada mal. Hice la cama. Miré el reloj en la pantalla del móvil, las ocho menos cuarto. Para ir a la universidad tardaría media hora en el autobús de línea, así que, aproveché, y cogí la mochila, las llaves, la cartera, y el móvil, para ir con tiempo a la universidad.

- Mamá me voy a la universidad -dije a mi madre antes de abrir la puerta
- Que vaya bien... Y los nervios te los dejas fuera ¿Vale? Después me cuentas que tal te ha ido...
- Hasta luego...

Abrí la puerta de casa y me paré para revisar si lo tenía todo. Una vez comprobado todo, cerré la puerta con cuidado. El ascensor ya estaba en mi planta. Abrí la puerta y pulsé el botón de planta baja. Le había perdido el miedo a los ascensores. Sí, era claustrofóbica. Le tenía pánico a los sitios muy cerrados. Llegué a la planta de abajo y salí del edificio. Madrid parecía no dormir nunca. Por suerte, debajo de mi casa, había una parada. Así que me senté y esperé a que el autobús decidiese venir. Y justo en ese momento en el que eché la vista un lado y al otro, lo ví. Enfundado en unos vaqueros rotos, con las mismas botas que llevaba yo pero en su formato masculino, con una camiseta gris de Adidas, y una chaqueta negra de cuero, esperaba en la misma parada que yo.Tenía los ojos verdes, y el pelo rubio engominado. Me sonrojé. No lo conocía, pero con esa pose, transmitía algo. Algo que me hizo perderme en el juego del amor. Recé para estar equivocada. Pero, como decía mi madre, todo venía solo.

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Álvaro