lunes, 18 de enero de 2016

CAPÍTULO 2

Omai

Primer día de universidad. Mi padre, me pagó la matricula en la Complutense, y hoy, comenzaba el sufrimiento. Me daba igual todo, había aprendido a valerme por mí mismo desde que mi madre falleció. Era un tipo que iba a su royo, muy a su royo. Era de los que pensaban que el más importante para la vida de una persona era uno mismo, pesara a quién le pesase. Con los años descubrí que la vida es un castigo, pero si sabes como tratarla, puedes salir siendo vencedor, todo es cuestión de carácter, un carácter que utilizaba para liarme con todas las que se acercaban a mí. No me iba el alcohol, ni las drogas, pero cuando se me ponía una delante, esa, siempre caía. Porque conocía cuál era el punto débil de las chicas, sus imperfectas perfecciones. Llegué a la Plaza Callao para coger el autobús e ir  la universidad con tiempo. No tenía ganas la verdad, ayer, me acosté a las cinco, hablando por Skype con Natalia, una chica que conocí en verano en La Manga, maja, pero no de mi tipo. Pudimos pasar unos buenos menses, pero, los idilios del verano, siempre se quedan en el verano. Pero algo hizo clic, cuando la ví. No parecía una de las chicas con las que me había enrollado, era estirada, una chica normal, pero con algo que llamaba la atención. La había visto más de una ocasión en varias fiestas, pero, al haber tanta gente, no te acuerdas de la cara de muchos. Me quedé apoyado en el cártel publicitario de la parada. Ella se había percatado de mi presencia, olía cuándo hacia sonrojar a una chica, y cuando no, y ella, estaba sonrojada. Al verla, no pensaba en tirarmela, como había hecho con otras. ¿Qué me está pasando? Yo que no me dejaba amedrentrar por alguien, y por mucho menos una chica, ella me transmitia algo diferente a las demás. Decidí no darle importancia y continúe con la espera del autobús. Un mendigo estaba acercándose a la parada. Se paró delante de la chica.

- Eh, preciosa, ¿Tienes fuego? -le preguntó

- No tengo -respondió fríamente.

¡Vaya! Una chica con carácter. Me gustaban esas chicas. Fuertes, y seguras. El mendigo volvió a insistir.

- Puedes darme fuego tú, eres preciosa -dijo arrastrando las palabras. Había bebido mucho.

- Te ha dicho que no tiene fuego, por algo será -decidí intervenir. Sabía como eran esos tipos.

- ¿Quién eres tú? -preguntó alzando la mirada

- No te importa... Aquí tienes fuego -le dí mi mechero para que se fuera -Ahora lárgate de aquí

Él pareció notar mi expresión y decidió largarse de la parada sin devolverme el mechero, tampoco es que me muriese por perder un mechero, ya conseguiría uno. Sentí la mirada de ella en mi nuca. Volví apoyarme en el cartel de publicidad. No despegaba su mirada de mí. Yo hacía como si no estuviera.

- ¿Por qué has hecho eso? -me preguntó, y a pesar de que fue un susurro, puede oírla.

- Sé como son esos tipos. Si no consiguen lo que quieren, te darán el follón.

- Sé como cuidarme -me respondió -

- Vaya, qué carácter, ni un simple gracias -

- No necesitaba que salieras

Su carácter me estaba empezando a atraer. Sonreí con una sonrisa torcida, la que siempre utilizaba para impresionarlas. Ella pareció no darse cuenta de la sonrisa.

- Está bien, ya la sabré para la próxima -respondí

Ella se quedó en silencio. Al final de la calle apareció el autobús. Yo me acerqué al borde de la acera para que el conductor pudiese vernos.

- ¿Vas a la universidad? -le pregunté cuando observé que el autobús estaba llegando.

- Sí -respondió, levantándose de inmediato

- Qué casualidad, yo también, así, cuando tengas algún problema, ya sabes, a lo mejor, podría aparecer por ahí.

- No necesito que aparezcas. Sé cuidarme sola, gracias

Volví a sonreír. El autobús ya estaba frenando, así que, me aparté y dejé que fuese ella quién subiese primero, no por ser caballeroso, sino porque, quería fijarme mejor en su culo. Ella no se dió cuenta de la aprobación que hice con la boca. Subí al autobús, estaba casi vacío, y pagé el euro con cincuenta que costaba el trayecto desde la Plaza Callao hasta la universidad. Ella se puso cerca de la puerta, mientras, que yo, fiel a mis costumbres, me quedé en la parte de atrás, sin dejar de observarla. ¿Por qué había hecho lo que había hecho en la parada? No era mi carácter ser el héroe de la película, era, más demonio que ángel.



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Álvaro